Pedro y Juan
Pedro y Juan El doctor se sentó sin contestar, después de besar a su madre y dar la mano a su padre y a Juan, y tomó de la fuente que había en medio de la mesa la chuleta reservada para él. Estaba fría y seca. Sin duda era la peor. Pensó que hubieran podido dejarla en la cocina hasta que llegara y no perder la cabeza en términos de olvidar al hijo primogénito. La conversación interrumpida por su llegada se reanudó de nuevo.
—Yo —decía a Juan su madre—, mira lo que haría. Me instalaría lujosamente para llamar la atención, me presentaría en sociedad, montaría a caballo y escogería una o dos causas interesantes para defenderlas. Quisiera ser una especie de abogado por afición a quien todos buscaran. Gracias a Dios estás a cubierto de la necesidad, y si tomas una profesión es por no perder el fruto de tus estudios y porque un hombre no debe estar sin hacer nada.
Roland, que mondaba una pera, decía:
—¡Cristo! Yo en tu lugar compraría una balandra que no la hubiera mejor. Iría hasta el Senegal en ella.