Pedro y Juan

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Se detenía delante de todas las puertas donde algún cartelito anunciaba una hermosa habitación o un buen cuarto para alquilar: las indicaciones sin adjetivo las dejaba desdeñosamente. Las otras habitaciones pedía que se las enseñasen, y las examinaba mostrándose muy exigente. Medía la altura de los techos, dibujaba en su cartera el plano de la casa, las comunicaciones, la disposición de las salidas, anunciando que era médico y recibía mucha gente. Necesitaba que la escalera fuera ancha y buena y no podía pasar del primer piso.

Después de haber anotado siete u ocho direcciones, volvió a su casa para almorzar con un cuarto de hora de retraso.

Desde el vestíbulo oyó ruido de platos. Comían sin él. ¿Por qué? Nunca eran tan puntuales en la casa. Se sintió contrariado y descontento, porque era un poco susceptible. Cuando entró le dijo Roland:

—Vamos, hombre, despacha. ¡Qué diantre! Ya sabes que a las dos tenemos que estar en casa del notario. No hay tiempo que perder.



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