Pedro y Juan

Pedro y Juan

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La señora de Roland, que procuraba siempre amortiguar los incesantes choques entre el padre y el hijo, cambió de conversación y habló de un asesinato que había sido cometido la semana anterior en Bolbec-Nointot. Los ánimos se preocuparon desde luego de las circunstancias que rodeaban el crimen, atraídos por el horror interesante, por el misterio de estos hechos, que aun siendo vulgares y repugnantes ejercen sobre la curiosidad humana una extraña y general fascinación.

De cuando en cuando Roland sacaba el reloj.

—Vamos —dijo—, habrá que marchar.

Pedro replicó:

—No es más que la una. Verdaderamente, no valía la pena de hacerme comer una chuleta fría.

—¿Vienes a casa del notario? —preguntó la madre.

Él contestó secamente:

—¿Yo?, ¿para qué? No hago falta.

Juan permaneció callado, como si no se tratara de él. Cuando se habló del asesinato de Bolbec, emitió como jurista algunas ideas y desarrolló varias consideraciones sobre los crímenes y los criminales. Pero luego guardó silencio, aunque la animación de sus ojos, el color arrebatado de sus mejillas y hasta el brillo de su barba parecían proclamar su dicha.


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