La montaña perdida
La montaña perdida Aquel día pareció larguísimo a todos. ¿Qué iba a suceder? Si la noche era demasiado clara, los dos mensajeros no podrían marchar. La luna estaba en cuarto menguante y se ponía temprano, mas a pesar de ello es tan diáfana la atmósfera en las llanuras, que pocas veces resultaba sombría la noche. ¿Podrían los emisarios, en la semioscuridad de la noche, pasar inadvertidos para los pieles rojas?
Terminó la tarde y se puso el sol, pero las estrellas aparecieron tan numerosas y brillantes, que, desde su observatorio, los sitiados podían ver perfectamente a los centinelas indios paseando sin cesar por delante de la entrada de la garganta.
A la media noche, los sitiados empezaron a desesperar de que la noche se obscureciese y los jefes se disponían a aplazar la marcha para la noche siguiente cuando ocurrió algo que cambió por completo el estado de las cosas.