La montaña perdida
La montaña perdida Observaron que la superficie del lago, poco antes brillante, se ponía blanca por completo. Luego se desprendieron algunos vapores de ella e invadieron poco a poco los alrededores del lago, cubriéndolos de un velo impenetrable para la vista. Se había levantado la niebla; rodó lentamente por la pradera y vino a rodear por completo el lugar en que estaban los centinelas.
—Ha llegado el momento oportuno, muchachos-dijo don Esteban a los dos emisarios—. No se habría podido desear nada mejor que esta niebla, porque si no se puede pasar protegido por ella, se deberá probablemente a que la empresa es imposible.
Los dos hombres estaban ya dispuestos y perfectamente equipados. Ambos llevaban víveres, ^ agua y una pistola en el cinto. Nada más, a fin de que nada estorbase sus movimientos ni se vieran obligados a llevar una pesada carga.
Los dos hombres no manifestaron temor alguno. Ambos eran vigorosos y estaban bien constituidos, de manera que el azar había escogido perfectamente. Se despidieron particularmente de sus amigos más íntimos y de sus jefes, y emprendieron silenciosamente el descenso.
Los sitiados escuchaban con la mayor atención, conteniendo instintivamente la respiración. Al cabo de pocos segundos percibieron un ruido semejante al que habría podido provocar un resbalón, pero no por eso habían de alarmarse.