La montaña perdida
La montaña perdida Naturalmente, ni lobos ni chacales esperaron a los hombres, sino que emprendieron la fuga; pero como la cena no estaba dispuesta todavía, los perseguidores hicieron galopar sus caballos en persecución de los lobos, a los que trataban de atravesar con sus lanzas. El lograrlo era bastante difícil, dada la fatiga de los caballos, pero lo lograron gracias a que luego varios indios reunían sus esfuerzos para acorralar a uno de los lobos, y de esta manera los iban cazando uno a uno.
Pero antes de que hubiesen dado muerte a muchos sobrevino el crepúsculo, y los cazadores oyeron los gritos de sus compañeros que los llamaban; dieron, pues, media vuelta para tomar parte en la cena y para dejar que los caballos paciesen a su antojo.
Después de cenar, fumaron silenciosamente sus pipas, en torno de las hogueras que se iban apagando, y pronto el sueño se hizo dueño del campamento.
Eran tan raros los enemigos temibles y tenían tanta confianza los coyotes en su sanguinaria reputación, que ni siquiera se molestaron en poner centinelas; y no hay duda de que si les hubieran dicho que a dos horas de distancia había un campamento de blancos, tal noticia les habría sorprendido extraordinariamente.