La montaña perdida
La montaña perdida —Es muy sencillo. Ayer examiné atentamente las paredes rocosas del precipicio y me convencà de que el carnero no habÃa dado un salto tan grande, sirio que se limitó a dejarse caer sucesivamente sobre lo que podrÃamos llamar escalones que hay en la pared rocosa. No son muy grandes, pero... Sà lo suficiente para que el animal pudiera poner en ellos las cuatro patas. Por consiguiente, el carnero dió algunos saltos y no uno que no habrÃa podido resistir. Sin duda conocÃa el camino y eso explica la rapidez con que llegó abajo. Y toda vez que el carnero encontró sitio para sustentar su cuerpo, también lo encontraremos nosotros para bajar de uno a otro de esos escalones.
Esta explicación dejó pensativos a todos, pero como abrÃa una puerta a su esperanza pronto la satisfacción empezó a reflejarse en todos los rostros.
—Eso está muy bien-dijo, por fin, don Esteban—; pero que yo recuerde no tenemos Siquiera esa cuerda de cien pies que hace falta.
—¡Bah! No se preocupe usted de eso— replicó el gambusino—. No faltan materiales con que podremos hacer la cuerda tan larga como sea menester.
—¿Con qué?
—Pues, sencillamente, con mezcal.