La montaña perdida
La montaña perdida —Me parece que vamos a poder salir del apuro en que nos hallamos-dijo Pedro Vicente antes de que hablase ninguno de los reunidos.
Todos se volvieron hacia él, en extremo sorprendidos.
—¿Qué quiere usted decir?-preguntó don Esteban.
—Que cuando queramos podremos mandar un mensajero a Arispe.
—Vamos a ver, don Pedro, tenga la bondad de explicarse. ¿Ha descubierto usted el medio de franquear las lÃneas indias sin peligro de correr la misma suerte que nuestros desgraciados compañeros?
—Asà es.
—¿Por dónde pasaremos?
—Por el mismo camino que ayer siguió el carnero.
Algunas sonrisas asomaron a los labios de los reunidos, como si acabaran de escuchar una insensatez.
—¿Ha olvidado usted que hay que descender quinientos pies?-preguntó Roberto Tresillian.
—Pues hay que salir por allÃ-insistió el gambusino-ya que por aquel lado los indios no vigilan.
—Sin duda no ha tenido presente que no poseemos ninguna cuerda de semejantes dimensiones.
—Ya lo sé, pero no la necesitamos tan larga. Bastará con que mida cien pies.
—Veamos. No nos tenga sobre ascuas y explÃquenos su proyecto.