La montaña perdida
La montaña perdida Los hombres se inclinaron de nuevo para calcular la altura del precipicio y vieron que, al evaluarla en quinientos pies, no se equivocaban ni mucho menos.
Jamás se había visto un caso semejante y algunos llegaron a creer que aquel animal estaba endemoniado. Pedro Vicente, en cambio, se quedó pensativo y luego sonrió silenciosamente en tanto que" sus ojos brillaban alegres.
—¿Viene usted, don Pedro?-le dijo Enrique.
—¿Adonde?
—Al campamento.
—Iré en breve, don Enrique. Por el momento, no me espere.
—¿Por qué? ¿Qué está usted mirando?
—Ni siquiera yo mismo lo sé exactamente, pero ya se lo diré mañana.
El joven no quiso insistir y dejó a su compañero para alejarse en dirección al campamento. Los demás cazadores se habían marchado ya hacía algunos minutos.
Una vez solo, el gambusino empezó a pasear a lo largo del precipicio, sin dejar de observarlo con la mayor atención.
***Pasó aquella noche y a la mañana siguiente los jefes se reunieron como de costumbre en la tienda de don Esteban Villa—, nueva.