La montaña perdida
La montaña perdida Mientras hablaban así, los dos compañeros maniobraban debidamente para completar la táctica observada por los demás cazadores que desembocaban al claro desde todas direcciones.
El carnero se hallaba entonces entre la línea de sus enemigos y el borde de la montaña que, en aquel lado, estaba cortada a pico por encima de la llanura.
No tenía la posibilidad de huir. Los cazadores, que lo comprendían así, avanzaban lentamente hacia él para disparar sobre seguro. Así darían en el blanco con toda certeza.
El animal, con la cabeza baja y presentando los cuernos, parecía darse cuenta de que había llegado su última hora. De pronto dió una vuelta sobre sí mismo con rapidez vertiginosa, saltó y desapareció por el borde de la roca, hacia el abismo.
Los cazadores dieron un grito al contemplar aquel suicidio, porque, en realidad, no era otra cosa, ya que la llanura se hallaba a quinientos pies más abajo, de manera que el carnero se había aplastado indudablemente contra las rocas que había a flor de suelo.
Todos avanzaron rápidamente para darse cuenta de lo ocurrido, pero dieron un grito de asombro al ver que el carnero, lejos de estar muerto, como se imaginaban, se alejaba tranquilamente por la pradera, sin apresurarse, como si estuviera convencido de que ya no corría peligro.