La montaña perdida
La montaña perdida Pero las súplicas que dirigió a sus padres fueron inútiles y don Esteban dejó la pobre enamorada en plena crisis nerviosa para ir a hacer los preparativos de la partida.
A la puesta del sol los dos jóvenes se reunieron para despedirse.
—No llores, querida mÃa-le dijo Enrique—. Te aseguro que todo irá bien y que saldré adelante con mi empeño. Además, he de cumplir mi deber como todos.
—¡Ojalá puedas lograr tu objeto, Enrique mÃo! Pero no comprendo cómo has querido ir en busca del peligro de esta manera. ¿Y si te capturan esos horribles salvajes? ¡Piensa en lo que hicieron con aquellos dos desgraciados!
—¿Capturarme? ¡Los desafÃo a que lo consigan! Veo que no conoces la rapidez de mi buen Cruzado.
—SÃ, ya lo sé. Pero ¿estás seguro de cogerlo? En la obscuridad no sabrás dónde se halla.
—Si no lo encuentro volveré a subir al campamento.
Estas respuestas tranquilizaron en parte a la joven, que llegó a convencerse de que su amado no serÃa vÃctima de los pieles rojas como los dos desgraciados emisarios, y asà acabó diciéndole:
—Ve, pues, Enrique mÃo. No quiero oponerme a tu proyecto, pero yo voy a rezar para que Dios y la Virgen te salven.