La montaña perdida
La montaña perdida Corrió rápidamente por el campamento la noticia de la sublime abnegación de Enrique Tresillian, y todos lo miraban ya como un héroe que iba a arriesgar su vida para salvar la de todos. Todas las mujeres cayeron de rodillas para dirigir al Cielo sus ardientes preces en favor de aquel joven tan animoso. En cuanto a Gertrudis estaba en la tienda con su madre cuando se enteró de ello y dando un grito de dolor cayó casi inanimada eh brazos de aquéllos que avanzaron para sostenerla. Al recobrar la conciencia de sà misma, la pobre joven se echó a llorar, exclamando:
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Papá no ha de permitirle que vaya! ¡Está perdido!
—No temas, hija mÃa. Piensa que si él fracasara en su generoso proyecto, nosotros estarÃamos perdidos también.
—Pero ¿no puede ir otro? Son varios los que conocen la región mucho mejor que él. Estoy segura de que el valiente gambusino lo reemplazarÃa con gusto...
—También lo creo yo, pero ten en cuenta que no sin motivos muy poderosos habrán aceptado esta proposición. Esperemos a que venga tu padre para conocer detalles.
Efectivamente, don Esteban dió a su mujer y a su hija todos los informes necesarios acerca del particular, pero ninguna de las razones que daba parecÃa de peso a su hija que, impulsada por su amor, ya no trataba siquiera de disimularlo.