La montaña perdida
La montaña perdida Todos contemplaban con admiración al joven que tan sencillamente se ofrecÃa para correr el terrible peligro que lo amenazaba, pero cuanto más pensaban en su proposición más acertada les parecÃa. Por eso cuando don Esteban se volvió a su socio para preguntarle si tenÃa que hacer alguna objeción, Roberto Tresillian le contestó:
—Por el contrario, apruebo por completo esta proposición. Un mensajero a pie tardarÃa bastante, y no sabemos si nos serÃa posible resistir hasta que llegase con socorros. Mi valiente hijo ha tenido una excelente idea y espero que pronto podrá traernos los auxilios que necesitamos. Y si fracasara en su empeño, ya no nos quedarÃa más que resignarnos a nuestra suerte.
—¡No fracasaré! — exclamó el joven echándose en brazos de su padre—. No hay nada que temer. Creo que en todo eso anda la mano de Dios.
—¡Él nos valga!-exclamó reverentemente don Esteban.
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