La montaña perdida
La montaña perdida La noche parecía propicia, pues en el cielo no había luna y tampoco demasiadas estrellas. No era, ciertamente, muy obscura, pero eso era casi conveniente, pues la falta absoluta de luz, habría comprometido el éxito del descenso.
Desde luego la empresa era muy peligrosa, no sólo por el posible encuentro con los indios, sino que, también, por el descenso a la largo del precipicio. El menor — paso en falso o pérdida de equilibrio serían mortales.
Pero, afortunadamente, los mineros ya son prácticos en esta clase de tareas. Ninguno de ellos había dejado de aventurarse más de una vez a centenares de pies de profundidad en las entrañas de la tierra con la sola ayuda de una cuerda.
Los que habían sido designados para ayudar al descenso, se dirigieron al lugar elegido, cargados con las cuerdas. Habíase convenido establecer relevos en cada uno de los escalones, de manera que el mensa jero sería bajado de uno a otro, cada vez con ayuda de una cuerda apropiada.
Así quedó subdividido el descenso, y cuando Enrique estuviera en el llano, los mineros subirían a su vez, llevando cada uno la cuerda de que había estado encargado.