La montaña perdida
La montaña perdida Desde el primer momento se renunció al sistema de bajar al joven con una sola cuerda, porque habrÃa podido lastimarse seriamente al chocar contra las piedras con los balanceos del descenso, aparte de que la soga se habrÃa podido romper al rozar con alguna arista de roca. Los mineros convinieron anticipadamente un sistema de señales con tirones de las cuerdas para avisar que habÃan llegado a su destino o para indicar que los subieran al escalón superior.
El gambusino y Roberto Tresillian se situaron en el escalón inferior, desde donde podrÃan despedirse del joven en último lugar. Pero antes de que les dieran la señal de bajar, el buscador de oro dispuso la primera cuerda de un modo especial, es decir, la más larga, que alcanzaba a más de cien pies, pues ató a ella la magnÃfica silla de montar y el suntuoso arnés que no quiso abandonar a los indios al alejarse del campamento, deseoso de que su amigo Enrique lo utilizase.
—PodrÃa montar a pelo mi caballo-dijo el joven—, pero no hay duda de que iré más cómodo en esta silla. Por esto le agradezco mucho que me la preste.
—Si llega a serle de utilidad y le permite llegar-replicó Pedro Vicente—, nada me importará que la estropee usted.
—Si todo va bien-contestó el joven Tresillian—, espero que dentro de unas sesenta horas estaremos en la plaza de Arispe.