La montaña perdida
La montaña perdida —No hay que ir tan aprisa-le aconsejó el gambusino—. Lo esencial es llegar, pues, a Dios gracias, no tenemos tan extremada prisa en recibir socorro. Hay que cuidar mucho del caballo, pues lo merece.
Dichas estas palabras, el gambusino emprendió el descenso y como los hombres ya estaban apostados en todos los escalones, Enrique descendió a su vez y sin dificultad llegó al último escalón, en donde le esperaban su padre y Pedro Vicente. Padre e hijo se abrazaron silenciosamente y el gambusino también estrechó en sus brazos a su joven amigo, murmurando:
—¡Dios te guarde, valiente!
Hecho esto los dos empezaron a bajar cuidadosamente al joven, y por fin éste llegó al llano sin haber hecho el más pequeño ruido. Dió la señal para avisar su llegada y después de cerciorarse de que no había nada sospechoso a su alrededor, se puso en marcha, cargado con su saco de provisiones, la pistola y la silla que esperaba utilizar en breve, pues no duda de que encontrará muy pronto su caballo.
* * *Pero aquella noche Enrique no era el único que buscaba a Cruzado, y esta desgraciada casualidad podía hacer fracasar los planes del joven.