La montaña perdida
La montaña perdida Mientras los indios se disponían a dormir, los blancos preparaban tristemente la cena. Careciendo de agua para beber, la comida les resultaba repugnante, pero se imponían el deber de comer para conservar las fuerzas que habrían de permitirles encontrar el agua que tanto necesitaban.
Enrique Tresillian, el más joven de todos los que formaban la caravana, era también el más animoso y el que menos fuerzas había perdido. Mucho le habría gustado poder charlar un rato con el gambusino, por el que sentía verdadera simpatía, pero no se atrevió para no turbar sus reflexiones. En cambio, empezó a engolfarse en sus propias ideas y no debían de ser muy tristes cuando una sonrisa se dibujó en sus labios. En efecto, un lindo rostro se aparecía ante sus ojos. Era el de una jovencita adorable, de ojos negros y brillantes y de expresión sumamente dulce.
Por fin, Enrique reflexionó acerca de lo que preocupaba a todo el mundo y decidió acompañar a la mañana siguiente a Pedro Vicente, el gambusino, resuelto a dar su sangre, si era preciso,, para aliviar los sufrimientos de la joven que tanto amaba.
Los mineros elevaron sus preces al cielo para que los salvara de la crítica situación en que se hallaban, y muy pronto el sueño cerró todos los párpados.