La montaña perdida
La montaña perdida Cuando Enrique se vió libre del cerco de los indios, se sintió animado por la esperanza. En adelante ya no dependía más que de Cruzado el cuidado de dejarlos atrás.
Mas era preciso saber qué dirección había que tomar. Antes de la aventura conocía la orientación de Arispe, pero como tuvo que huir por donde pudo, ya no sabía exactamente cuál era la dirección que debía tomar.
A los pocos instantes, sin embargo, se levantó la luna y a su luz el joven vió que iba por el camino debido. Este le obligaba a seguir las orillas del lago al sudeste; igualmente habría podido rodearlo, pero eso habría alargado considerablemente el recorrido. Para ello tenía que pasar a cosa de trescientos metros del campamento de los indios, mas él esperaba poder hacerlo sin despertar sus sospechas.
En eso se engañaba, porque el tiro que disparara causó alarma en el campamento. En efecto, cuando había recorrido la mitad del camino entre las extremidades del lago, vió ante él algunos bultos que se movían y en los que reconoció a los pieles rojas montados a caballo.