La montaña perdida
La montaña perdida Para los ocupantes de la montaña la noche entera estuvo llena de indecibles angustias. Después del pesar causado por la muerte de su compañero, la tercera víctima de los indios, numerosas emociones contradictorias se cebaron en ellos.
Sin ver nada pudieron, gracias al oído, seguir el curso de los acontecimientos que tenían lugar en la llanura. No perdieron detalle; ningún grito les pasó inadvertido, ya fuesen de cólera o de alegría, cuando los indios creían tener cogido al joven. También oyeron como éste y sus enemigos se echaban al lago y el galope final que se perdió a lo lejos.
Siguió un intervalo de silencio, pero era evidente que en el campamento de los indios tampoco dormía nadie, y de eso se podía deducir que esperaban un acontecimiento sensacional que, dadas las circunstancias, no podía ser otro que la llegada del preso.
Regresaron los jinetes en sus derrengados caballos y aunque los blancos no pudieron distinguir si traían consigo al preso, les pareció de buen agüero el hecho de que nadie profiriera gritos de alegría.