La montaña perdida
La montaña perdida En efecto, a la mañana siguiente los blancos no vieron el terrible poste de la tortura y la esperanza fué general. Tampoco se vió a Cruzado entre los caballos de los indios, lo cual indicaba que el valiente corcel habíase alejado con su amo.
Por último pudieron notar que los indios estaban bastante inquietos, a juzgar por sus frecuentes conciliábulos y por sus gestos.
—Es evidente-dijo don Esteban—, que nuestro valiente amigo ha podido burlar a los indios y como éstos saben lo que les espera, están inquietos.
—Yo también estoy seguro de que Enrique está en camino de Arispe-dijo el gambusino—, y soy de parecer que demos reverentemente gracias a Dios por haber tenido piedad de nosotros y por haber salvado a tan valiente y generoso amigo.
Estas palabras causaron la mayor emoción a todos y especialmente a Gertrudis que no pudo resistir el deseo de echarse al cuello del gambusino y besarlo en las dos mejillas.
—Si mi Enrique llega sano y salvo, don Pedro — dijo —, será preciso que papá le pague cien veces el valor de la silla que usted le dió, porque le habrá dado suerte.