La montaña perdida
La montaña perdida Lo peor sería que el socorro solicitado por los mineros llegase antes que los pieles rojas que habían emprendido aquella expedición contra las regiones habitadas por los rostros pálidos. Llenos de temor, los coyotes vigilaban noche y día y a medida que pasaban los días sin que regresaran sus compañeros, su ansiedad crecía más y más.
Y tanto en lo alto del monte como en la llanura reinaba la ansiedad, desde luego más penosa, pero nada agradable para los blancos, porque si unos temían la llegada de la columna armada que los perseguiría a sangre y fuego, los otros se preguntaban con angustia quién ganaría la carrera emprendida: el hambre o el socorro esperado.
Efectivamente, los víveres se agotaban con asustable rapidez...