La montaña perdida
La montaña perdida —Me alegro de verle, don Julián. No viene usted con mucha frecuencia a Arispe.
Con tales palabras el coronel Requena saludaba a un caballero de mediana edad llamado don Julián Romero. Era hermano de la señora Villanueva y poseÃa numerosos ganados en una hacienda situada a poca distancia de Arispe.
—Es cierto, mi coronel, y tampoco habrÃa venido hoy de no tener razones muy serias para hablar con usted. No tengo noticia alguna de Villanueva y vengo para saber si ha sido usted más afortunado que yo.
—No sé nada. Tiene usted razón al considerar algo raro y hasta alarmante esta carencia de noticias. Precisamente estaba diciendo eso mismo a su hijo, aquà presente, cuando llegó usted.
Los dos hombres estaban en el despacho del coronel Requena, en su residencia oficial y el hijo de don Julián Romero, muchacho de veinte años, estaba presente en la entrevista en su calidad de edecán del coronel.
—No me lo explico, a fe mÃa — dijo el ganadero—. DebÃan de haber llegado a la mina hace ya bastante tiempo. Comprendo que no me haya escrito mi cuñado porque tendrá mucho que hacer, pero mi hermana podÃa haberme dado cuenta de la llegada, en cumplimiento de la promesa que me hizo al marchar.