La montaña perdida
La montaña perdida Una serie de pequeñas prominencias terminaba la llanura en la dirección que habían tomado, y por entre ellas había un sendero estrecho y tortuoso. Los jinetes intentaron hacer pasar por allí a sus cabalgaduras, pero los pobres animales estaban tan cansados, que se negaron a seguir andando; en vista de ello echaron pie a tierra y después de arrendar los caballos a un arboliío, siguieron a pie el camino. Pero pronto pudieron darse cuenta de que habían contado demasiado con sus fuerzas; parecíales que tenían fuego en la garganta y se detuvieron por unos momentos, incapaces de seguir adelante.
—¡No!-se dijo luego Pedro—. He de pensar en todos los demás, y aunque tuviese que avanzar a rastras, seguiría adelante hasta que encuentre agua.
Haciendo un llamamiento a su energía, volvió a montar su caballo, imitado por su compañero, y emprendieron la ascensión de la prominencia. A su alrededor la vegetación se desarrollaba magníficamente, y eso les hacía concebir esperanzas de encontrar agua«De pronto, descubrieron un pozo y con el corazón palpitante se dirigieron hacia él, pero al llegar a su orilla vieron que era una cisterna de poca profundidad y que estaba completamente seca.
Más bien que desmontar, se dejaron caer de sus caballos, pues la depresión causada en su ánimo por aquel cruel desengaño, les había quitado las pocas fuerzas que les quedaban.