La montaña perdida
La montaña perdida Por unos momentos se quedaron inmóviles, jadeantes y con la razón extraviada. Luego Pedro, el más enérgico de los dos, hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo y, llamando a su compañero, le dijo:
—Vamos.
—¿Adonde?
—Vamos a seguir subiendo. Ahora comprendo por qué los caballos no querían subir. No olfateaban el agua.
Los dos hombres no tenían casi fuerzas para seguir andando. Permanecieron en pie unos instantes y luego, triste y pesadamente continuaron la ascensión, llevando de la brida a los pobres caballos.
Una vez llegados a lo alto se sentaron en el suelo con las riendas de los caballos en las manos. Los pobres animales levantaron la cabeza, olfatearon un momento el aire y luego empezaron a relinchar alegremente.
—¡El agua está cerca!-exclamó Pedro levantándose—. Dejémosles libres y ellos mismos nos llevarán.
En efecto, dejaron a los caballos libres de ir adonde se les antojara y en el acto echaron a andar a través del bosque que tenían delante. Los dos hombres los seguían y apenas habían andado un centenar de metros, cuando llegó a sus oídos un ruido que les pareció el más armonioso del mundo: el de un chorro de agua que caía sobre el suelo.