La montaña perdida
La montaña perdida Hombres y caballos echaron a correr y todos al mismo tiempo divisaron un chorro de agua que caÃa al suelo desde un par de metros de altura. Como locos, empezaron a beber los cuatro, sintiendo que la vida volvÃa a entrar en sus debilitados cuerpos. Eran incansables y solamente cuando hombres y animales, a fuerza de beber parecÃan hidrópicos, abandonaron aquel lugar de delicias.
—¡Qué cosa tan buena es el agua!-exclamó Pedro dando un suspiro de satisfacción.
—Temo que le haga daño, amigo Pedro —le dijo Enrique—. Por lo menos se ha bebido usted de cuatro a cinco litros.
—No habrá usted bebido mucho menos —le contestó el gambusino—. Pero no nos quedemos aquÃ. Hemos de pensar en nuestros compañeros»
—Es verdad. ¡En marcha!-exclamó Enrique.
Llenaron sus odres antes de emprender el regreso y sintiendo un bienestar indescriptible, montaron nuevamente en sus caballos, que parecÃan haber recobrado el vigor, en dirección del campamento.
—En cuanto lleguemos-dijo Pedro-emprenderemos nuevamente el camino hacia aquÃ, para pasar la noche y aprovisionarnos de agua suficiente hasta el fin del viaje.
—Solamente quedan cosa de diez millas, ¿verdad?
—Eso es-contestó Pedro.
—Hasta ahora hemos tenido la suerte de no encontrar a los indios.