La montaña perdida
La montaña perdida —Es verdad. El grupo que ayer divisé en el horizonte se habrá dirigido a otro punto, pues no lo hemos vuelto a ver.
—Tal vez se trataba de viajeros blancos, porque los indios habrÃan descubierto nuestras huellas.
Pronto llegaron a corta distancia del campamento. Enrique y Pedro vieron dos figuras en pie, ante una de las tiendas; parecÃan examinar el horizonte. Los dos jinetes empezaron a hacer señas y a agitar los sombreros para calmar la natural ansiedad de sus compañeros. Luego, al llegar a corta distancia, echaron pie a tierra y en la expresión alegre de sus rostros los del campamento pudieron leer fácilmente las buenas noticias de que eran portadores.
En un momento se vieron rodeados de todos. Aquella pobre gente, un momento antes tan abatida, recobró el ánimo como por magia; resonaron por todas partes gritos de alegrÃa y hasta los animales parecieron comprender, pues algunos caballos relincharon como no habÃan hecho en los últimos dÃas.
^ Don Esteban dio orden de ponerse inmediatamente en marcha y pocos minutos después la caravana seguÃa a los dos jinetes que recorrÃan alegremente el mismo camino que siguieron con tanto desaliento aquella misma mañana, cuando iban en busca de agua.