La montaña perdida
La montaña perdida —¿Cómo lo sabe usted?
—Sencillamente he visto que continúa enarbolada la bandera mejicana. Si se hubiesen marchado no la habrÃan dejado.
El coronel miró a su vez y cerciorándose de la verdad de las palabras del joven, exclamó a su vez:
—¡Dios sea loado!
La buena nueva corrió rápidamente por entre las filas de los soldados y de los vaqueros y todos se alegraron, no solamente por la esperanza de encontrar vivos a sus compatriotas, sino que, también, porque aquello indicaba que los indios no habÃan levantado el sitio y, por consiguiente, podrÃan castigarlos terriblemente, como merecÃan.
—He visto un poco de humo en lo alto de la montaña-dijo el coronel—. Sin duda nuestros amigos están haciendo su desayuno.
—En caso de que les quede algo que comer-murmuró Enrique.
—Pues a fe de Requena que si esta mañana pasan hambre, al mediodÃa podrán hartarse. Señores — añadió volviéndose a sus oficiales—, vamos a celebrar consejo de guerra para decidir el mejor modo de atacar a esos perros. Mayor GarcÃa, espero su opinión.
—¿Cuántos son los indios?