La montaña perdida

(RESUMEN)

La montaña perdida

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XXIX

Un indicio tranquilizador

—¿No es ése el Cerro Perdido?

—Sí, mi coronel.

—Puede decirse que ya estamos. ¿A qué distancia nos hallamos del Cerro?

—A veinte millas exactamente-contestó Enrique que reconoció a poca distancia el árbol en que el gambusino grabara sus iniciales.

El joven servía de guía a la expedición de socorro y como ya sabemos, además de los quinientos soldados, don Julián Romero llevaba a cien vaqueros perfectamente armados. A retaguardia iba la artillería de montaña. :

La conversación que hemos reproducido tenía lugar a la salida del sol y deteniéndose el coronel, llamó a don Julián, a Enrique y al mayor y les dijo:

—Ya estamos a la vista del Cerro. Ahora sería conveniente saber si llegaremos a tiempo todavía.

—Puedo decirlo inmediatamente, mi coronel-contestó Enrique—, si tiene usted la bondad de prestarme su anteojo.

—Aquí va, amigo-dijo el jefe entregándoselo.

Enrique lo aplicó a su ojo derecho, temblando de emoción. Miró unos instantes y dando un grito de alegría, exclamó:

—¡Están aún en el Cerro! ¡Alabado sea Dios!

Este documento es un resumen redactado con fines exclusivamente educativos e informativos. Su contenido ha sido elaborado con palabras propias del autor del resumen y no contiene reproducciones textuales de la obra original. La obra original, titulada 'La montaña perdida', es de autoría de Mayne Reid y todos sus derechos pertenecen a dicho autor y a sus titulares legales. Esta publicación no busca reemplazar la lectura de la obra original ni afecta su explotación comercial. No se reclaman derechos sobre el contenido original ni se pretende apropiación alguna. Se recomienda encarecidamente la lectura íntegra de la obra original para una experiencia completa. Puedes adquirirla legalmente en Amazon..

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