La montaña perdida
La montaña perdida Mientras tanto, don Esteban, con ayuda de su anteojo, daba a sus compañeros detalles suplementarios acerca de las fuerzas amigas.
—Son los lanceros de mi cuñado-dijo—. Su hijo, Tresillian, está sano y salvo. El es quien nos ha traído la salvación. ¡Qué valiente es! ¡Dios le bendiga!
—En efecto-dijo el gambusino—. Nunca le pagaremos lo que ha hecho por todos nosotros.
—Esperen-dijo entonces don Esteban—, observo que las fuerzas se dividen a derecha y a izquierda. Probablemente se disponen a envolver a nuestros enemigos.
—Es natural-observó el gambusino.
—Veo que llevan cañones y además hay bastantes hombres sin uniforme, pero también armados.
Efectivamente, las fuerzas del coronel se dividían para envolver dentro de un gran círculo a los indios, de manera que éstos se vieran rodeados de enemigos y no tuvieran más remedio que rendirse.
Desde lo alto de la montaña los sitiados observaban perfectamente el desarrollo de la maniobra, pero los pieles rojas no se habían dado cuenta de nada. Ello se explicaba fácilmente, porque los blancos se hallaban a quinientos pies de altura y podían descubrir una extensión mucho mayor, en tanto que los indios estaban, en realidad, en un terreno sensiblemente más bajo que el nivel medio de la llanura.