La montaña perdida
La montaña perdida Siguiendo su costumbre, los salvajes avanzaron dando espantosos gritos, a fin de atemorizar a sus adversarios. Habían ya recorrido algunas millas al galope en la dirección en que se hallaban los soldados, cuando, de pronto, se detuvieron, al ver que se habrían las filas de los jinetes, dejando al descubierto unas máquinas de que los indios habían oído hablar, pero cuyos terribles efectos no conocían aún por experiencia propia.
Eran los cañones de montaña que los lanceros acababan de dejar a! descubierto. En un abrir y cerrar de ojos estuvieron en batería, salió una llamarada de sus bocas y resonaron simultáneamente algunas detonaciones terribles que despertaron los ecos de la montaña, en tanto que una lluvia de metralla causaba estragos entre los pieles rojas.
Estos se quedaron aterrados. No pensaban ya en continuar el ataque y de sus bocas no salían más gritos que los de dolor de los heridos y de los moribundos.
Volvieron grupas inmediatamente y a la desbandada tomaron el camino de su campamento, sin necesidad de que nadie les diese la orden, pues el terror pánico que se había apoderado de ellos los empujaba sin darse cuenta.