La montaña perdida
La montaña perdida Inmediatamente, montaron a caballo y echaron a andar. Sus ojos escrutaron por unos instantes la llanura y se tranquilizaron, porque nada hacía temer el más pequeño peligro. Pronto perdieron de vista el Cerro Perdido, mas apenas habían recorrido algunas millas, cuando uno de ellos dió un grito que alarmó a sus compañeros.
Cualquiera hubiese podido creer que la alarma era infundada, porque no se veía nada en la llanura. Tan sólo en el aire revoloteaban algunas aves que, examinadas con mayor atención, resultaron ser buitres.
Los pieles rojas, que conocían admirablemente las costumbres de los animales, observaron que los buitres no iban viajando como de costumbre, sino que describían círculos y espirales, evidentemente atraídos por la carroña. Los pieles rojas se quedaron perplejos, pues en aquella dilatada llanura lo natural era que no hubiese carroña de ninguna clase y no podían comprender qué habría podido atraer a las aves carniceras.
—¡Al galope!-ordenó el jefe—. Hay que averiguar eso.