La montaña perdida
La montaña perdida Apenas habÃa acabado de decir estas palabras cuando les hizo volver la cabeza un ligero roce que oyeron a poca distancia. Inmediatamente apareció ante ellos un carnero, y rápido como el pensamiento, el joven le disparó un tiro que fué a herir al animal, pero, en vez de caer, se internó nuevamente en la espesura, desapareciendo por completo.
Resultaba muy desagradable perder aquella magnÃfica pieza y creyendo que el carnero estarÃa mal herido y que podrÃan apoderarse de él, los dos cazadores desenvainaron el machete y empezaron a abrirse paso por entre los matojos.
En un alto que hicieron, el joven Enrique pudo advertir que el rostro de su compañero expresaba cierta inquietud y^ llamándole— la atención este hecho, le preguntó:
—¿Qué tiene usted, Pedro? ¡Parece estar inquieto!
—Sencillamente, que nos amenaza un grave peligro.
—¿Un peligro? No comprendo. ¿Por qué?
—¿Ha observado usted el humo de nuestras hogueras?
—SÃ. ¿Por qué?
—Pues que si los indios lo descubren podemos contarnos entre los muertos.
—Pero ¿qué indios han de vernos?
—Los apaches.