La montaña perdida
La montaña perdida Grande fué la emoción en el campamento por la llegada proximidad de los indios apaches. Por doquier se oía llorar a las mujeres que, entre lágrimas, abrazaban a sus pequeñuelos como si ya tuvieran que defenderlos contra los indios que solían someter a los niños al cautiverio. Mientras tanto los hombres iban y venían sin cesar y en todas partes reinaba el mayor desorden, pero entre el ruido que todos hacían, se oían de vez en cuando las voces de mando de Pedro Vicente que se esforzaba en apresurar la marcha.
Las mujeres y los niños, protegidos por los hombres, fueron los primeros en abandonar el campamento y su paso por la garganta no tropezó con dificultad alguna. Luego los hombres que los habían acompañado, regresaron al campamento en busca de las provisiones, pero Pedro Vicente que quería evitar, a todo trance, la pérdida de tiempo, les ordenó que, ante todo, se llevaran las municiones que cada uno pudiese cargar y los víveres estrictamente necesarios, pues, si había tiempo, ya se recogería lo demás.
Luego mandó que seis hombres a caballo fuesen a ver si los indios estaban cerca, pero los enviados regresaron muy pronto diciendo que no se les veía aún.
