La montaña perdida
La montaña perdida —De ninguna manera. Saben perfectamente que estas lluvias y estas inundaciones son de corta duración. Además el Cascabel no habrÃa abandonado la partida,^ y ellos harán lo mismo, pues, además, tienen que vengar a su jefe.
—¿Quién cree usted que será el nuevo jefe?
—Lo ignoro; pero podemos estar seguros de que no tardarán en nombrarlo.
(Por unos momentos los dos hombres estuvieron conversando acerca de la situación en que se hallaban y de las probabilidades de salir con bien, en caso de tener que pelear con un enemigo tan superior en número.
Enrique Tresillian no tomaba parte en esta conversación, pues estaba triste pensando en su hermoso caballo negro. ¿Qué habrÃa sido de él? Desde que lo persiguieron los indios, no lo habÃa vuelto a ver. ¿Acaso lo asustó la tempestad y habÃa huido?
Pero mirando atentamente a la dilatada llanura, el joven creyó ver un punto negro que cada vez divisaba con mayor claridad, como si se acercara a la montaña. Por fin, pudo reconocer al valiente caballo, cuya suerte lo inquietaba; era, sin duda alguna, su fiel Cruzado, el cual se detuvo ante el agua que inundaba la llanura y después de olerÃa, para cerciorarse de que no ocultaba ningún peligro, se metió atrevidamente en ella.