La montaña perdida
La montaña perdida Empezaron a caer gruesas gotas y a los pocos segundos la lluvia se convirtió en imponente diluvio. Caían las grandes gotas de agua con tal fuerza que cualquiera hubiese podido creer que era granizo y no agua y los mineros que estaban sin abrigo, como ya sabemos, quedaron calados hasta los huesos a pesar de haberse cubierto con sus mantas.
Por fortuna, las tempestades violentas de aquellas regiones suelen ser de corta duración. El cielo empezó a clarear y la lluvia disminuyó considerablemente en intensidad.
Los mejicanos pudieron ver que la fuente que alimentaba el lago se había convertido en una verdadera catarata. El agua era fangosa y turbia y arrastraba consigo numerosos restos de vegetación, piedras y barro en abundancia. Cada segundo que "pasaba traía una subida en el nivel del lago, que empezó a inundar la llanura, de manera que los indios tuvieron que apresurarse a huir, pero no se olvidaron el botín cogido a los blancos. Llegados que fueron a algunas millas más allá, se detuvieron, pues como conocían las tempestades de aquellas regiones, sabían que pronto renacería la calma.
Mientras tanto, los mineros, aprovechando e! tiempo, construyeron apresuradamente algunas cabañas y se refugiaron en ellas con sus mujeres e hijos.
—¿No cree usted-dijo don Esteban al mejicano-que la inundación hará huir a nuestros enemigos?