La montaña perdida
La montaña perdida Al oÃr estas palabras, todos fijaron sus miradas en los indios, quienes, efectivamente montaban los caballos de la caravana v empezaban a galopar por la llanura. Por un momento los blancos se hicieron la ilusión de que tal vez iban a partir, pero pronto vino el desencanto al observar que los indios se limitaban a alejar los caballos del campamento. Los ataron a estacas hincadas en el suelo y regresaron junto a los carros.
—Los han llevado a cierta distancia para que puedan pacer buena hierba-explicó el mejicano a sus compañeros.
—Me dijo usted antes que no teme un nuevo ataque de los indios-dijo don Esteban al gambusino.
—Exactamente.
—Pues entonces creo mejor disminuir el número de centinelas para que los demás se ocupen en mejorar nuestra instalación y hacerla más permanente.
—Es una buena idea-contestó el mejicano—. Nuestra estancia en el Cerro Perdido puede ser de larga duración, y de un momento a otro puede sobrevenir una tempestad.
Se hizo asÃ, y como si las palabras del mejicano hubiesen sido proféticas, pronto el cielo se cubrió de negras nubes que lo sumieron todo en profunda obscuridad.
De pronto, un relámpago cruzó el negro firmamento, y un terrible trueno estremeció el monte.
—¡La tempestad!-exclamó el gambusino.