La montaña perdida
La montaña perdida Ello les alegró, seguros de que las fieras harían víctimas entre aquella gente que no estaba acostumbrada a combatirlos, pero en vista de que la diversión cesaba, pronto concentraron su atención en el deseo que tenían de apoderarse de aquel maldito caballo negro, ya que en ello estaba comprometido el amor propio de la tribu.
—¡Era inevitable! — exclamó tristemente Enrique Tresillian desde su observatorio al darse cuenta de los preparativos de los indios.
Estos habían montado a caballo, pero en vez de rivalizar entre sí, como la última vez, acerca de quién correría más, se habían puesto de acuerdo anticipadamente y obraban con perfecta disciplina. Ya no iban galopando locamente, sino que avanzaban despacio, y era indudable que esta vez e\ pobre Cruzado no podría huir.
Formaban un cordón que se doblaba en ambos extremos para coger, como en una red, al deseado animal. Uno de los extremos tocaba ya a la parte inundada, en tanto que la otra pasaba más allá de Cruzado para echarse luego sobre él, siguiendo la sábana de agua en sentido inverso que el de los jinetes del extremo opuesto.
—No creo que esta vez se salve su caballo, amigo Enrique-le dijo Pedro Vicente, tan afligido como el joven.