La montaña perdida
La montaña perdida Pero si en la montaña los mineros se des consolaban, Cruzado no perdió su sangre fría. Dejó que se le acercaran los indios, miró a derecha y a izquierda y siguió mordisqueando la hierba, aunque dirigiéndose a la sábana de agua.
—No creo que se resista ya-murmuró el mejicano—. Será mejor para él. Por lo menos puede servirnos de consuelo pensar que ese noble animal será reservado a un jefe. Por consiguiente, no sufrirá privación alguna y será bien tratado por esos salvajes.
El círculo de los indios estaba a punto de cerrarse sobre el caballo. Los dos extremos de las líneas indias apenas distaban cien pasos y ya los indios preparaban los lazos para capturar a aquel indomable caballo.
Enrique dio un suspiro, comprendiendo que estaba echada la suerte de su caballo, ya que éste, pese a su habilidad, no podría atravesar las líneas de sus enemigos.
Pero el animal levantó la cabeza, dispuesto a jugarse el todo por el todo. Profirió un relincho y, dando un salto, se echó al agua.
Este movimiento fué tan rápido que los indios se quedaron viendo visiones. Algunos tenían ya los brazos levantados y hacían girar sus lazos y se quedaron en aquella posición que ya resultaba grotesca.