La montaña perdida
La montaña perdida En la montaña estalló una carcajada general que llegó como un insulto a oídos de los indios, quienes se volvieron hacia el Cerro dispuestos a castigar la insolencia, pero los mineros se habían ocultado ya, de manera que no vieron a nadie.
—Este caballo es el diablo en persona—.aseguró Pedro Vicente, conteniendo a duras penas la risa.
Ni siquiera un hombre que hubiese montado el caballo se habría atrevido a hacer lo que él, a causa de la rapidez de las aguas que alimentaban el lago. Cierto que sin el peso del jinete el caballo iba más ligero y el peligro que corría era mucho menor. Se dirigió nadando pausadamente hacia la orilla opuesta, sin que, al parecer, tuviera que esforzarse mucho en dominar la corriente.
Los indios no parecían dispuestos a imitarlo. Algunos llevaron sus mustangs a la orilla del agua y con la vista midieron la distancia que los separaba del fugitivo. Tal vez temieron que sus monturas no tuviesen la misma resistencia e igual vigor, porque no se decidieron a entrar en el agua.
Mientras tanto, Cruzado puso los pies en la orilla opuesta del lago y emprendió el galope, tal vez para entrar en calor después de un baño frío; luego se puso a pacer tranquilamente la fresca hierba.