La montaña perdida
La montaña perdida Enrique Tresillian sonreía satisfecho. Una vez más su caballo había burlado a sus perseguidores. Sería posible que los indios acabaran por creerlo embrujado y desistieran de su captura.
Pero en eso se equivocaba, porque los indios, hostigados por su amor propio, estaban más interesados que nunca en apoderarse de aquel magnífico corcel. De estar solos en la pampa, tal vez habrían renunciado, pero los estaban observando los rostros pálidos y no podían dar a esos enemigos la alegría de ver que un caballo se burlaba de ellos.
Se dividieron en dos grupos, uno de los cuales se quedó a la orilla del lago, en tanto que el otro partía al galope para rodearlo y coger al caballo.
Los miembros de la caravana asistían con ansiedad a aquella lucha entre un caballo y doscientos indios de los más hábiles de las llanuras americanas, y se preguntaban con angustia quién saldría vencedor.
Cruzado se había atracado concienzudamente de hierba, cuando oyó el galope de sus enemigos, que ya no trataban de disimular el ruido de su aproximación, pues estaban persuadidos de que el caballo renovaría su astucia de echarse al agua, yendo esta vez a caer en los lazos que lo aguardaban en la otra orilla.
Pero no contaban con la huéspeda, porque Cruzado levantó la cola y emprendió el galope, aunque en dirección opuesta al lago.