Pídeme lo que quieras
Pídeme lo que quieras En paralelo, Eric se transforma. Deja de acosarla, pero no deja de sentir. En su diario, Judith había sido brutalmente honesta. Él, por primera vez, se enfrenta a su propio reflejo: un hombre que controlaba porque temía. Que dominaba porque no sabía amar de otra manera.
Entonces, la vida vuelve a hacer de las suyas.
Una casualidad, o quizás un capricho del destino, los cruza en una galería de arte. Judith entra y lo ve. Eric está solo, de pie, mirando un cuadro. No dice nada. Tampoco ella. Pero sus ojos se encuentran. Y en ese momento, todo el silencio se rompe.
—Sabía que nos volveríamos a ver —dice él, sin apartar la mirada.
—Y yo pensaba que no tendría fuerzas para enfrentarte —responde ella.
No hay besos. No hay abrazos. Solo una conversación larga, necesaria, entre dos personas que se amaron con intensidad, pero se lastimaron con la misma fuerza.
Eric no suplica. Judith no promete. Pero hay algo nuevo en ellos: una comprensión que antes no existía.
—
Se han roto. Se han alejado. Y sin embargo, el eco del uno aún vive en el otro.