Billy Budd, marinero

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Pues bien, mientras Billy Budd estaba en el castillo de proa recogiendo sus cosas, el teniente del Bellipotent, rudo y campechano, sin inmutarse lo más mínimo porque el capitán Graveling hubiera descuidado las cortesías habituales en una ocasión tan desagradable, descuido causado solo por sus preocupaciones, entró sin más ceremonias en el camarote y sacó una petaca del armario de los licores, receptáculo que su experta mirada detectó al instante. De hecho, era uno de esos lobos de mar en quienes los peligros e incomodidades de la vida a bordo en las largas guerras de la época no mermaban el instinto natural por los placeres sensuales. Cumplía siempre fielmente con su deber; pero el deber es a veces una obligación muy árida, y él procuraba irrigar, siempre que podía, esa aridez, y fertilizarla con un destilado a base de aguardiente. Al dueño del camarote no le quedó más remedio que interpretar el papel del anfitrión forzoso con la mayor presteza y elegancia posibles. Como complementos necesarios a la petaca, colocó sin decir nada ante su irrefrenable invitado un vaso y una jarra de agua. No obstante, se excusó de compartir con él la bebida y observó sombrío cómo el desinhibido oficial diluía con cuidado el grog, lo despachaba con tres tragos y apartaba el vaso vacío, aunque no tanto como para dejarlo lejos de su alcance; luego se arrellanó en el asiento, se relamió satisfecho y miró de frente a su anfitrión.


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