Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero »Pero lo excepcional de este caso conmueve vuestros corazones. Incluso el mío está conmovido. Pero no permitamos que un corazón caliente conmueva una cabeza que debería estar fría. En tierra, en un juicio penal, ¿dejará un juez honrado en su tribunal que le impida administrar justicia una pariente del acusado que intente ablandarle con sus súplicas? Pues bien, en este caso el corazón, a veces lo más femenino que hay en el hombre, es como esa mujer lastimera y, por difícil que resulte, debemos apartarlo a un lado. —Hizo una pausa, los miró muy serio un instante y prosiguió—: Pero, a juzgar por vuestro gesto, no solo tenéis conmovido el corazón, sino también la conciencia, vuestra conciencia personal. Pero decidme si, dada nuestra posición, la conciencia particular no debe ceder el paso a la conciencia imperial formulada en el único código que rige oficialmente nuestro proceder.
Los tres hombres se movieron en sus asientos, más inquietos que convencidos por el curso de una argumentación que no hacía sino turbar las espontáneas contradicciones que albergaban.
Al reparar en ello el orador se detuvo un instante; luego cambió bruscamente de tono y continuó.