Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero »Y, en cuanto a esos escrúpulos, ¿se mueven como en la tiniebla? Desafiadlos. Obligadlos a avanzar y a pronunciarse. Vamos, ¿acaso no nos dicen, más o menos, que, si dejamos a un lado las circunstancias atenuantes, estamos obligados a considerar la muerte del maestro de armas un acto cometido por el prisionero, y que dicho acto constituye un delito capital que se castiga con la muerte? Pero, según el derecho natural, ¿debemos considerar únicamente los actos manifiestos del prisionero? ¿Cómo vamos a enviar a una muerte sumaria y vergonzosa a un semejante que nos consta que es inocente a los ojos de Dios? ¿Lo he expresado bien? Veo que asentís con tristeza. Pues bien, yo comparto esa sensación y percibo toda su fuerza. Es la naturaleza. Sin embargo, las insignias que llevamos ¿atestiguan nuestra lealtad a la naturaleza? No, dan fe de nuestra lealtad al rey. Aunque el océano, que es la naturaleza primitiva e inviolada, sea el elemento en el que nos movemos y en el que pasamos nuestra vida de marinos, nuestro deber como oficiales del rey no radica en una esfera natural correspondiente. Hasta tal punto es así que, cuando recibimos nuestro nombramiento, dejamos de ser agentes libres en las cuestiones más importantes. Cuando se declara la guerra, ¿se nos consulta previamente? Combatimos siguiendo órdenes. Si nuestro juicio aprueba la guerra es por pura coincidencia. Lo mismo ocurre con otras cosas. Y en el presente caso. Supongamos que de este procedimiento se derivara una condena. ¿Seríamos nosotros quienes condenaríamos o el Código Militar obrando a través de nosotros? No somos responsables de dicha ley ni de su rigor. Nuestra responsabilidad radica en esto: en que por implacable que sea la ley en ciertos casos, debemos seguirla y administrarla.