Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero —Sin duda, mi buen amigo. Y, ante un tribunal menos arbitrario y más compasivo que un consejo de guerra, eso serÃa un atenuante. En el Juicio Final será absuelto. Pero ¿aquÃ? Debemos regirnos por la Ley de Amotinamiento. En ningún rasgo puede parecerse más un hijo a su padre de lo que se parece en espÃritu dicha ley a aquello de lo que procede: la guerra. Hay ingleses —sin ir más lejos, en este barco— al servicio de su majestad que se ven obligados a luchar por el rey en contra de su voluntad. Que sepamos, en contra de su conciencia. Como sus semejantes, algunos podemos compadecerlos; pero, como oficiales de la Armada, ¿qué más nos da? Y menos aún le importa al enemigo. Tan dispuesto está a segar con su guadaña a nuestros voluntarios como a los hombres reclutados a la fuerza. Y lo mismo puede decirse por nuestra parte en lo que se refiere a los reclutas forzosos del enemigo, algunos de los cuales hasta es posible que compartan nuestro odio por el regicida Directorio francés. La guerra se fija solo en la fachada, en las apariencias. Y la Ley de Amotinamiento, hija de la guerra, se parece a su madre. La intención o falta de intención de Budd es irrelevante.