Billy Budd, marinero

Billy Budd, marinero

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XXIII

La narración aceptable de cualquier serie de acontecimientos que se suceden muy deprisa en un breve espacio de tiempo puede requerir un plazo no tan corto, sobre todo si resulta necesario dar alguna explicación o hacer algún comentario aquí y allá que facilite la comprensión de los incidentes. Entre la entrada en el camarote de quien no volvió a salir vivo de él y de quien salió condenado a muerte y la breve conversación a puerta cerrada a la que acabamos de aludir, había mediado menos de hora y media. No obstante, bastó con eso para despertar especulaciones entre no pocos de los tripulantes respecto a qué podía retener en el camarote al maestro de armas y al marinero; pues había llegado a las cubiertas de cañones y a las cofas el rumor de que a ambos se les había visto entrar, pero ninguno había salido, y es que la gente de un gran buque de guerra se parece a los habitantes de un pueblo que toman nota microscópica de cualquier movimiento o falta de movimiento exterior. Por tanto, cuando, con tiempo nada tempestuoso, llamaron a todo el mundo a cubierta en la segunda guardia de cuartillo, cosa poco habitual a esas horas y en esas circunstancias, la tripulación se había preparado hasta cierto punto para oír algún anuncio extraordinario relacionado con la prolongada ausencia de los dos hombres de sus puestos de costumbre.


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