Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero El mar estaba tranquilo; y la luna, que acababa de salir y estaba casi llena, plateaba la cubierta de abrigo allí donde no la oscurecía la sombra horizontal y bien definida que arrojaban la jarcia y los hombres que iban de aquí para allá. Los infantes de marina formaron armados a ambos lados del alcázar; y el capitán Vere, en su puesto y acompañado por todos los oficiales, se dirigió a sus hombres. Al hacerlo, su actitud fue ni más ni menos la que le correspondía por su posición suprema a bordo de su propio barco. Con palabras claras y concisas les contó lo sucedido en el camarote: que el maestro de armas estaba muerto, que el homicida ya había sido juzgado por un consejo de guerra sumarísimo y condenado a muerte, y que la ejecución se llevaría a efecto al empezar la primera guardia de la mañana. No pronunció la palabra «motín» en su discurso. Tampoco aprovechó la oportunidad para sermonearles sobre la importancia de la disciplina, pensando tal vez que, en las presentes circunstancias de la Armada, la consecuencia de violar la disciplina hablaría por sí sola.
Los marineros escucharon en pie y en silencio el anuncio de su capitán igual que una congregación de creyentes temerosos del infierno que oyeran a un pastor leer un texto calvinista.