Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero En el costado de estribor de la cubierta superior de cañones del Bellipotent se hallaba bajo vigilancia Billy Budd, tendido boca abajo y encadenado en uno de los huecos que quedaban entre los cañones de las baterías de ambos lados. Dichos cañones eran los de mayor calibre de la época. Montados en grandes cureñas de madera, estaban trabados con complicadas eslingas y cables laterales para empujarlos hacia delante. Los cañones, las cureñas, los largos atacadores y los botafuegos estibados arriba estaban pintados de negro, según la costumbre, y habían embreado las pesadas eslingas de cáñamo del mismo color, por lo que vestían la librea del enterrador. En contraste con ese tono fúnebre, la vestimenta del marinero, un jersey blanco y unos pantalones de dril blancos un poco sucios, resaltaba en la oscuridad de la cubierta como una mancha de nieve descolorida a principios de abril que persistiera en la negra entrada de alguna cueva de las montañas. De hecho, lleva ya su mortaja, o la ropa que le servirá como tal. Por encima, aunque apenas dan luz, dos faroles de combate cuelgan de dos enormes baos de la cubierta superior. Alimentados por el aceite suministrado por los contratistas bélicos (cuyas ganancias, honradas o no, son en todos los países una parte anticipada de la cosecha de la muerte), ensucian con su sucias salpicaduras de luz amarilla el pálido claro de luna que se esfuerza por colarse a través de las rendijas de la portilla abierta por donde asoma el cañón con el tapabocas. Otros faroles colocados a intervalos regulares iluminan apenas los rincones más oscuros, que, como pequeños confesionarios, o las capillas laterales de una catedral, salen de la larga nave central que hay entre las dos baterías de esa galería.