Billy Budd, marinero

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—Señor contador, es evidente que vuestra impresión de la singularidad de este caso es distinta a la mía. Vos la explicáis mediante eso que llamáis «la fuerza de la voluntad», un término que aún no ha sido incluido en los manuales científicos. Yo no pretendo explicarla, con los conocimientos de que dispongo. Aun si aceptáramos la hipótesis de que, al primer tirón de las drizas, los latidos del corazón de Budd, acelerados por el clímax de una emoción tan extraordinaria, cesaron de pronto, igual que un reloj cuando se le da demasiada cuerda y se rompe la cadena, no podríamos explicar el fenómeno que siguió.

—Admitís, pues, que la ausencia de un movimiento espasmódico fue algo excepcional.

—Lo fue, señor contador, en el sentido de que su causa no puede determinarse con facilidad.

—Pero decidme, señor —insistió obstinado el contador—, la causa de la muerte ¿fue el dogal o una especie de eutanasia?

—La «eutanasia», señor contador, es como vuestra «voluntad de poder». Tendréis que perdonarme de nuevo, pero dudo de su autenticidad como término científico. Es al mismo tiempo imaginativo y metafísico, en suma: griego. Pero —añadió cambiando bruscamente de tono— hay un caso en la enfermería que prefiero no dejar en manos de mis ayudantes. Os ruego que me disculpéis.


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