Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Cuando, unos días después, a propósito de la peculiaridad a la que acabamos de aludir, el contador, un individuo rubicundo y corpulento, más preciso como contable que profundo como filósofo, le dijo en el comedor al cirujano: «¡Qué testimonio de la fuerza de la voluntad!», éste, que era un hombre saturnino, alto y enjuto, y cuyos modales menos cordiales que corteses iban siempre acompañados de cierta mordacidad, replicó:
—Habréis de disculparme, señor contador. En un ahorcamiento llevado a cabo científicamente, y, siguiendo órdenes especiales, yo mismo dirigí cómo debía practicarse el del señor Budd, cualquier movimiento posterior a la suspensión del cuerpo y originado en él es producto de un espasmo mecánico del sistema muscular. Por ello la ausencia de tal espasmo puede atribuirse tanto a la fuerza de la voluntad, como vos decís, como a la fuerza de un tiro de caballos.
—Pero ese espasmo muscular ¿no es más o menos inevitable en estos casos?
—Desde luego, señor contador.
—¿Cómo explicáis entonces que no se produjese en esta ocasión?